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Maternidad y conciliación en veterinaria y por qué algunas profesionales abandonan la clínica

La maternidad sigue siendo uno de los factores invisibles que empujan a muchas veterinarias clínicas fuera de la profesión asistencial. Este testimonio reflexiona sobre conciliación, cultura laboral y fuga de talento en una profesión mayoritariamente femenina.

En la clínica de pequeños animales, la maternidad y la conciliación en veterinaria siguen siendo un desafío silencioso que atraviesa la realidad de muchas profesionales.

  • Cuando las estructuras laborales no acompañan, el verdadero conflicto deja de ser ejercer la medicina veterinaria y pasa a ser poder hacerlo sin renunciar al cuidado y la presencia en la vida familiar

“No dejé la veterinaria porque no me gustara. Me fui porque no me dejaban quedarme”

"¿Por qué dejaste la Veterinaria, con lo bonito que es?" Esa es una de las preguntas que más me hacen hoy en día. Y siempre respondo lo mismo:

No dejé la Veterinaria porque no me gustara. Me fui porque no me dejaban quedarme”.
Y no, no es una frase dramática. Es literal.

Vocación, formación y una trayectoria en construcción

Durante años construí mi camino profesional con la convicción de que estaba exactamente donde quería estar. Me especialicé, invertí tiempo, dinero y energía en formarme.

  • Aposté por la medicina felina, por seguir creciendo, por hacer las cosas bien. Como tantas compañeras, vivía mi profesión con intensidad. Con vocación. Con ese punto casi romántico que tiene dedicarte a cuidar animales. Hasta que me quedé embarazada.

El despido durante el embarazo y el inicio del conflicto

En la semana 21 de mi primer embarazo, cuando debía llegar la baja por parte de la mutua, lo que llegó fue una carta de despido.
Recuerdo pensar: No pasa nada. Tengo formación, experiencia, dos especialidades. Cuando sea madre encontraré trabajo rápido”. De verdad lo creía.

Ahí llegó el segundo golpe de realidad.

Entrevistas, silencios y un patrón invisible

Porque encontrar trabajo no fue lo difícil. Lo difícil fue encontrar un trabajo donde pudiera ser veterinaria… y madre.

Empecé procesos de selección. Entrevistas que iban bien. Mucho interés. Comentarios como “tu perfil nos encaja perfectamente”.

Pero cuando mencionaba que tenía una hija y que necesitaba organizar ciertas tardes para poder criarla (porque sí, somos de esas parejas que no tenemos red familiar para apoyarnos) la conversación cambiaba. Nunca era un “no” directo. Era más sutil.

  • Claro, no te preocupes, eso lo vemos.”
    Te llamará RRHH para concretar condiciones.
    Seguro que encontramos la manera.

La llamada nunca llegaba. Al principio pensé que era casualidad. Luego entendí que era patrón.

Una profesión feminizada con un problema estructural de conciliación

Y lo más desconcertante era que estábamos hablando de una profesión altamente feminizada. Según datos del Consejo General de Colegios Veterinarios, más del 70% de los profesionales en activo en España son mujeres, y en las facultades el porcentaje supera el 80%. Es decir, somos mayoría.

Y, aun así, la maternidad sigue siendo un problema estructural.

Los horarios interminables, las jornadas partidas, las guardias, los fines de semana, la cultura del “si hay que quedarse, te quedas”.

La reducción de jornada como única opción real para conciliar (y con ella, la reducción proporcional del sueldo y, muchas veces, de la responsabilidad profesional). Conciliar en veterinaria no es fácil. Y en muchos casos, no es viable.

Coste emocional, salarial y profesional

Hay estudios que señalan que la conciliación es uno de los principales motivos de abandono o reducción de jornada en profesiones sanitarias feminizadas.

En veterinaria, además, se suma un problema salarial: el sueldo medio en clínica no siempre compensa el coste emocional y logístico que implica organizar una familia sin apoyos externos. En mi caso, el choque fue brutal.

  • Porque no estaba pidiendo trabajar menos. Estaba pidiendo organizarme.

No quería dejar de ser buena profesional. Quería poder recoger a mi hija. Quería poder coordinarme con mi marido para criarla entre los dos. Quería no vivir permanentemente con la sensación de estar fallando en uno de los dos frentes. Pero parecía que el sistema no contemplaba esa posibilidad.

Disponibilidad absoluta como criterio oculto

Y entonces entendí algo que cuesta admitir: no era una cuestión de talento ni de preparación. Era una cuestión de disponibilidad absoluta.

La maternidad te cambia las prioridades, sí. Pero no te quita capacidad, ni ambición, ni compromiso.

Lo que cambia es que ya no puedes estar siempre disponible para todo. Y eso, en muchos entornos clínicos, se penaliza.

  • Durante meses viví una mezcla incómoda de culpa y frustración.
  • Culpa por sentir que estaba abandonando una vocación.
  • Frustración por ver que no era yo quien se estaba bajando del barco, sino que el barco no tenía espacio para mí.

Reinventarse fuera de la clínica

Así que tomé una decisión que jamás pensé que tomaría. Me formé en Comunicación y Marketing.

No fue un acto impulsivo. Fue una decisión de supervivencia profesional y personal. Descubrí que muchas de las habilidades que había desarrollado como veterinaria (empatía, comunicación con clientes en momentos difíciles, gestión del estrés, pensamiento crítico) eran perfectamente transferibles.

Y poco a poco empecé a construir una nueva etapa. ¿Dejé de ser veterinaria? No del todo.

Sigo siendo la misma persona que entiende lo que significa dar un mal diagnóstico. La que sabe lo que pesa una eutanasia. La que conoce el agotamiento de una jornada interminable en consulta.
La diferencia es que ahora trabajo desde otro lugar.

  • Lo que más me costó no fue cambiar de sector. Fue aceptar que el sistema no estaba preparado para acompañar a las madres veterinarias sin que tuvieran que pagar un precio profesional por ello. Y no hablo solo de mi caso.

Un fenómeno colectivo en la profesión

Habla con cualquier compañera. Muchas reducen jornada asumiendo menor salario y menor proyección. Otras retrasan la maternidad hasta el límite. Algunas deciden no tener hijos. Y otras, como yo, terminan reinventándose fuera de la clínica.

  • En una profesión dominada por mujeres, esto debería ser una prioridad estratégica, no un tema incómodo del que se habla en voz baja.
  • Porque la fuga de talento no siempre se debe al burnout clínico. A veces se debe a algo tan simple como no poder recoger a tu hija del colegio.

Adaptación personal y deseo de cambio estructural

Hoy, cuando me preguntan por qué dejé la Veterinaria, ya no siento rabia. Siento claridad. No fue una derrota. Fue una adaptación.

Pero me gustaría que, dentro de unos años, otra veterinaria embarazada de 21 semanas no tenga que recibir una carta de despido. Me gustaría que no tenga que elegir entre especializarse o conciliar. Me gustaría que decir “soy madre” en una entrevista no implique una llamada que nunca llega.

La veterinaria es una profesión preciosa. Intensamente vocacional. Profundamente humana. Y precisamente por eso debería ser capaz de cuidar también a quienes la ejercen.

Porque cuando una madre veterinaria se va, no es solo una profesional menos. Es una oportunidad perdida de hacer las cosas mejor.

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