Vetesfera

SÚMATE A VETESFERA CLINIC

La comunidad que está transformando la veterinaria clínica

En Vetesfera Clinic te conectamos con una comunidad que vive la veterinaria como tú :

📩 Recibe en tu correo contenido exclusivo, útil y sin ruido
🌱 Crece con artículos que te ayudan en la práctica clínica, la gestión de tu centro y el bienestar profesional de todo el equipo
🤝 Forma parte de un espacio donde compartir, aprender y avanzar juntos

Sumarme a Vetesfera

Cuidamos tus datos y solo te enviaremos contenidos útiles. Si no es para ti, podrás irte fácil (pero te prometemos que no querrás hacerlo).

Clínica Veterinaria General Margallo, treinta años de altos vuelos

La Clínica Veterinaria General Margallo cumple tres décadas en Madrid con una identidad muy definida: la de un centro de cercanía que ha aprendido a defender su valor sin dejar nunca de mirar a los animales y a las personas que los acompañan. Al frente está Eva Ridruejo, veterinaria, gestora casi a la fuerza y testigo de una profesión que ha cambiado tanto como ella misma.

Hay clínicas cuya historia no se entiende solo por los servicios que ofrecen, sino por la vida que ha ocurrido dentro y alrededor de ellas. En Margallo, esa historia está atravesada por reformas, renuncias, cambios de mirada y una forma muy concreta de entender la veterinaria como medicina, sí, pero también como relación, responsabilidad y presencia.

Una vocación que empezó en un huerto

Eva Ridruejo no llegó a la veterinaria por casualidad. Tenía ocho años cuando empezó a intuir que aquello que hacía de forma casi instintiva tenía un nombre. En una casa familiar en Alella, rodeada de huerto y animales, se dedicaba a observar bichos, rescatar gatitos y experimentar con los gusanos que encontraba en la fruta.

  • Su madre le sugirió que quizá lo suyo era curar animales. “¿Y eso cómo se llama?”, preguntó. La respuesta fue veterinaria. Desde entonces, asegura, no pensó en otra cosa.

El camino, sin embargo, no fue lineal. No entró en la carrera el primer año por una décima, y vivió aquel tropiezo como uno de esos golpes que solo se entienden cuando alguien sabe que no quiere ser ninguna otra cosa.

Hizo un año de Biológicas, repitió la selectividad y consiguió entrar en Veterinaria. Antes incluso, con quince años, ya acudía los sábados a una clínica para comprobar si era capaz de soportar la sangre y las cirugías. No quería descubrir demasiado tarde que aquello que había elegido desde niña no era para ella.

Dos vidas profesionales y una decisión pendiente

Durante años, la vida de Eva estuvo dividida entre dos mundos difíciles de conciliar. Por un lado, la clínica. Por otro, Iberia, donde trabajó como azafata de largo radio tras presentarse casi por acompañar a una amiga a unas pruebas.

Lo que empezó sin demasiada intención terminó siendo una profesión estable, con nómina fija y una seguridad que contrastaba con la incertidumbre económica de una clínica pequeña. Salía de la consulta, se cambiaba en el coche y se ponía el uniforme de azafata. Una vez coincidió en un vuelo con clientes de la clínica que la reconocieron en pleno servicio.

  • Lo recuerda con humor, pero también como una escena que resume bien lo curioso de aquella etapa, operar un día y trabajar en la cabina de un vuelo transoceánico al siguiente, ser veterinaria, madre, empresaria y azafata casi al mismo tiempo.

El punto de inflexión llegó cuando comprendió que debía elegir...

Pidió una excedencia en Iberia y se dio dos años de margen: si en ese tiempo la clínica le daba un sueldo digno, continuaría; si no, cerraría.

Aquella decisión cambió su manera de estar en el proyecto, puesto que ahora había que cobrar lo que correspondía, revisar procesos y asumir que una clínica no se sostiene solo con trabajo clínico y buena voluntad.

Al cabo de dos años, Margallo era ya capaz de sostener su apuesta, y Eva dejó definitivamente Iberia.

Creerse el valor de una clínica de barrio

Durante mucho tiempo, a Eva le costó reivindicar el término “clínica de barrio”, casi como si la cercanía restara mérito al trabajo que hacían. Con el tiempo entendió que precisamente ahí podía estar la fortaleza de Margallo.

Quería ser pequeña, pero buena; cercana, pero rigurosa; reconocible, pero no conformista. Y para eso, dice, no bastaba con serlo, también había que parecerlo y, sobre todo, creérselo. La reforma del centro (fachada, consulta, imagen, con una propuesta alejada de los códigos más previsibles) fue parte de ese cambio. Pero la transformación más importante no fue estética, sino mental.

  • Eva empezó a escuchar de otra manera lo que los clientes decían de la clínica y comprendió que muchas personas acudían allí no solo por lo que se hacía, sino por cómo se sentían acompañadas.
  • Una clienta le contó que, al mudarse de casa, pidió a su familia que buscaran donde quisieran, pero cerca de la clínica

Otra historia, la de una joven que entró como clienta, siguió como estudiante en prácticas y acabó quedándose a trabajar allí, reforzó esa percepción: “Lo que encontraba en Margallo tenía que ver con una cultura compartida de explicar, acompañar y trabajar con cariño”.

Un equipo construido también desde la vida

General Margallo es hoy una clínica formada por mujeres. Eva no lo cuenta como algo que decidiera de antemano, sino como algo que fue sucediendo con el tiempo, con perfiles y momentos vitales distintos que acabaron formando parte de la identidad del centro.

Con los años ha aprendido que un equipo no se sostiene solo con organización, sino también con convivencia y equilibrio generacional. Cuando notó que buena parte de la plantilla envejecía al mismo ritmo, decidió incorporar perfiles jóvenes para renovar la mirada. También asumió con más claridad el papel formativo de la clínica, incorporando estudiantes en prácticas.

  • El liderazgo no fue una vocación inicial. Eva no soñaba con ser gerente. Se encontró siéndolo, y en ese camino descubrió la soledad del poder: tomar decisiones, sostener nóminas, resolver conflictos y seguir siendo veterinaria.

Por eso defiende que la veterinaria del futuro debería profesionalizar mucho más la gestión de las clínicas: no porque el veterinario no pueda aprender a gestionar, sino porque ser a la vez clínico, empresario y soporte emocional del equipo es una carga difícil de sostener.

De mirar tumores a mirar personas

Uno de los cambios más profundos en su forma de trabajar llegó cuando comprendió que no miraba de verdad a los clientes: iba deprisa, centrada en el diagnóstico.

  • Un curso de gestión emocional le hizo tomar conciencia de algo que hoy considera esencial: en una clínica no entran solo pacientes, entran también personas con preocupaciones, duelos y miedos que condicionan la consulta.

Recuerda a una mujer que acudió con su hijo y su perro. El problema del animal no parecía grave, pero Eva percibió algo en ella. Cuando el niño salió, cerró la puerta y le preguntó cómo estaba. La mujer se derrumbó: acababan de diagnosticarle un linfoma y no quería que su hijo lo supiera. Aquella escena le confirmó hasta qué punto la consulta veterinaria puede ser también un espacio donde se cruzan fragilidades humanas.

No perder la humanidad por el camino

Si Eva pudiera hablarle hoy a aquella niña de ocho años que descubrió la palabra veterinaria, le diría que no tenga dos trabajos, que se pare de vez en cuando a revisar qué está haciendo y por qué, que delegue más. Pero, sobre todo, que no pierda la humanidad.

  • Esa idea resume buena parte de la historia de General Margallo: una clínica que ha aprendido a cobrar, gestionar y defender su lugar, pero que también ha recordado que la ciencia no puede dejar fuera la mirada humana.

Después de tres décadas, representa una forma de clínica que sigue teniendo mucho que decir en la veterinaria actual: la de los centros que sostienen una medicina cercana, solvente y honesta.

Otros contenidos relacionados:

Contenido anterior
El acicalamiento entre gatos puede indicar tanto afiliación como tensión social
Siguiente contenido
“La clínica veterinaria también necesita integrar con naturalidad el acompañamiento a quienes empiezan”