La medicina del comportamiento ha dejado de ser un área periférica para convertirse en una parte cada vez más relevante de la clínica de pequeños animales. Problemas de conducta, dificultades de convivencia, cambios asociados al dolor, al miedo o al estrés, y consultas preventivas en etapas tempranas forman ya parte del trabajo cotidiano de muchos centros veterinarios. Sin embargo, todavía existen dudas sobre cuándo debe intervenir el clínico generalista, cuándo derivar y cómo integrar la etología dentro de una visión completa de la salud animal.
- Silvia de la Vega, veterinaria etóloga, acreditada por AVEPA en Medicina del Comportamiento y presidenta de GEMCA, forma parte de Etología Veterinaria Servicio de Referencia desde 2004.
- Su trayectoria combina la atención de casos remitidos, la formación a profesionales veterinarios, la divulgación técnica y el trabajo en torno a cuestiones clave para la especialidad, como la convivencia interespecie, el aprendizaje animal y el abordaje ético de los problemas de conducta.
- Con ella hablamos sobre la evolución de la etología clínica, la importancia de la especialización, la colaboración con el veterinario generalista y los retos clínicos, profesionales y legales que marcarán el futuro de esta disciplina en España.
La etología clínica ha cambiado mucho desde que comenzaste a trabajar en este ámbito. Desde tu experiencia, ¿cómo ha evolucionado la medicina del comportamiento en España y qué lugar ocupa hoy dentro de la clínica de pequeños animales?
Por un lado, la medicina del comportamiento ha seguido la evolución general de las especialidades veterinarias. En pocas décadas hemos pasado de que un especialista fuera un veterinario con interés particular en un área, que buscaba formarse por su cuenta, a contar con instituciones nacionales y supranacionales que exigen itinerarios formativos y acreditación de conocimientos.
Sin embargo, esta disciplina partía de una situación diferente, porque durante mucho tiempo se consideró algo separado de la medicina veterinaria, incluso extravagante. Además, la falsa concepción dicotómica de los problemas como médicos o conductuales ha contribuido a mantenerla al margen de otras especialidades.
- El cambio de sensibilidad hacia el bienestar animal, el avance del conocimiento científico -por ejemplo, sobre la implicación del dolor en problemas aparentemente conductuales-, su incorporación a universidades y congresos y la labor de los organismos especializados han ido modificando este escenario, aunque todavía queda camino por recorrer.
- También los beneficios del manejo de bajo estrés han favorecido que la etología esté cada vez más presente en la práctica diaria.
Para quienes quieren especializarse en medicina del comportamiento, ¿qué aporta una acreditación como la de AVEPA al profesional y al veterinario que deriva?
Cuando yo me licencié, un especialista era casi siempre alguien que, movido por su interés en un área concreta, buscaba por su cuenta cómo ampliar sus conocimientos: leyendo literatura científica, asistiendo a congresos o realizando estancias con otros especialistas, según sus posibilidades. Esto daba lugar a formaciones muy dispares y hacía que la especialización dependiera, en buena parte, de la reputación personal.
Posteriormente aparecieron los másteres universitarios, que permitieron acceder a una formación científica, reglada y con aval institucional. Más tarde surgieron las credenciales de especialidad, mediante las que instituciones nacionales o internacionales avalan la formación y los conocimientos del profesional a través de itinerarios estructurados, experiencia clínica tutorizada y evaluación de competencias.
- Esto aporta al veterinario remisor la tranquilidad de contar con un nivel de especialización más uniforme, ya sea intermedio, como en las acreditaciones de AVEPA, o superior, como en las diplomaturas supranacionales.
- Pero, sobre todo, ofrece al futuro especialista una vía fiable para adquirir conocimiento y experiencia clínica, algo que antes dependía mucho más de las oportunidades personales.
En consulta generalista, ¿qué señales deberían hacer sospechar que detrás de un problema de conducta puede haber una causa médica o una alteración del bienestar?
La respuesta corta es: cualquiera. Tenemos que abandonar la idea de que algo es médico o conductual y entender que cualquier comportamiento es el resultado de la interacción entre el entorno y el organismo, incluida su valoración emocional y cognitiva, su historial de aprendizaje y su funcionamiento interno.
Cuanto más sabemos sobre cómo las alteraciones orgánicas afectan a la conducta, más difícil resulta separar el comportamiento de lo que tradicionalmente entendíamos por salud. Por eso, un buen punto de partida es valorar el bienestar del animal de manera global.
- La presencia mantenida de conductas asociadas a emociones negativas, como la agresividad o la evitación, la ausencia de conductas positivas, como la exploración o el juego, o los cambios en el sueño, la alimentación y la relación social pueden indicar una afectación del bienestar que requiere una valoración más profunda.
- También es importante preguntarse qué trata de conseguir o evitar el animal con esa conducta. Evitar el contacto físico puede estar relacionado con dolor; destrozar e ingerir objetos no comestibles, con molestias digestivas.
Además, existen algunas “banderas rojas” especialmente sugestivas de problemas orgánicos: cambios bruscos o de progresión rápida, conductas de presentación errática, empeoramiento asociado al ejercicio, patologías médicas preexistentes, generalización rápida a otros contextos o aparición del problema a una edad atípica.
Por último, no debemos asumir que ciertas conductas descartan una causa orgánica. Que un animal corra, salte o juegue no significa necesariamente que no tenga malestar, porque este puede quedar temporalmente ensombrecido por la motivación o fluctuar según el momento del día o las circunstancias.
¿Qué criterios pueden ayudar al clínico a decidir cuándo abordar un caso de conducta y cuándo derivarlo?
Depende de su nivel de competencia en la especialidad. Hay veterinarios generalistas que tratan algunos problemas de conducta, mientras que otros derivan sistemáticamente. Algunos se sienten más cómodos con una especie concreta, como perros o gatos, o con determinados tipos de problemas.
- La existencia de un riesgo para la seguridad del animal o de terceros, la presencia de comorbilidades conductuales o una afectación clara del bienestar del animal o de la familia son buenos criterios para derivar.
- Esto no resta importancia al papel del veterinario remisor en la investigación de posibles alteraciones orgánicas implicadas. Cuanto antes se inicie ese estudio, más se facilita llegar a un diagnóstico.
También es importante que establezca recomendaciones de "primeros auxilios" que minimicen el riesgo y eviten que el problema empeore hasta que intervenga un especialista.
¿Qué papel puede desempeñar la clínica veterinaria en la prevención de problemas de conducta desde las primeras etapas de vida?
La clínica veterinaria tiene un cometido clave en la prevención de los problemas de conducta. Por su papel privilegiado en el cuidado del animal, el veterinario generalista puede y debe implicarse en la salud emocional, ofreciendo a las familias información y consejos con base científica y recordándoles que pueden acudir a su veterinario si aparecen comportamientos que les preocupen.
- El calendario de visitas del cachorro o del gatito es una oportunidad perfecta para protocolizar qué información sobre conducta se ofrece en cada consulta, por ejemplo, sobre educación sin aversivos, hábitos higiénicos o socialización.
- También es importante iniciar al animal y a la familia en el manejo amable y aplicar en el ejercicio diario una estrategia Fear Free. Incorporar preguntas sobre conducta en la anamnesis ayuda, además, a detectar de forma precoz problemas orgánicos y emocionales.
Por último, organizar puppy parties o clases para cachorros y gatitos, e introducir de forma rutinaria el refuerzo positivo -por ejemplo, lanzando premios al final de la consulta- permite generar aprendizajes beneficiosos desde las primeras etapas de vida.
¿Qué debería valorar el veterinario para saber si una convivencia interespecie funciona realmente bien?
Como veterinarios, nuestro mayor éxito profesional es conseguir que un animal cumpla toda su expectativa de vida en la familia adecuada para él y con el mayor nivel de bienestar posible. Para ello, es fundamental valorar cómo funciona el animal dentro de su familia y de su entorno.
Esto implica considerar su bienestar: la ausencia de dolor y enfermedad, la cobertura de sus necesidades de hidratación, nutrición, descanso, exploración, juego o contacto social, la posibilidad de expresar comportamientos para los que está motivado y la ausencia de miedo y estrés. Los déficits en estos aspectos son indicativos de mal funcionamiento y, si no pueden corregirse, pueden justificar una reubicación en un entorno más favorable.
- Pero también hay que analizar el bienestar de la familia y cómo percibe el desempeño del animal dentro del grupo. Al fin y al cabo, el vínculo humano-animal puede entenderse como un balance entre el beneficio percibido -emocional, de reciprocidad o de actividades compartidas- y el coste percibido, ya sea emocional, económico o por las limitaciones que impone en la vida cotidiana.
Aunque existen test validados para valorarlo, escuchar a los propietarios puede aportar información muy valiosa y ayudar a ofrecer un mejor soporte cuando el coste percibido llega a cuestionar la permanencia del animal en la familia.
En un ámbito donde conviven veterinarios, educadores y adiestradores, ¿dónde deberían estar los límites para proteger al paciente y evitar el intrusismo?
Existen varios factores que hacen que la situación sea compleja. Por un lado, la falta de una regulación legal clara sobre las competencias y conocimientos que requiere cada uno de los perfiles implicados. Por otro, la falta de uniformidad en su formación: en todos los ámbitos hay profesionales magníficos y personas sin la preparación necesaria. En este contexto, la elección del profesional acaba basándose muchas veces en aspectos reputacionales que, en la era de las redes sociales, tienen más que ver con el marketing o la visibilidad que con la competencia y la formación.
- Además, como nuestro campo de estudio es el comportamiento, algo que a los humanos nos interesa, como seres sociales, y sobre lo que ya tratamos de intervenir diariamente, inevitablemente se facilita que muchas personas se consideren formadas, en base a su experiencia
Esta situación tiene dos consecuencias importantes:
- La primera es que muchas conductas problemáticas se tratan con métodos que la evidencia científica demuestra que no funcionan y que pueden comprometer el bienestar animal o la salud pública.
- La segunda es que patologías cuyo único signo es una alteración de la conducta pueden quedarse sin diagnosticar. En esto también debemos hacer autocrítica los veterinarios: si un profesional de la conducta sospecha un problema médico y deriva al animal, no puede volver con una exploración física y un "no tiene nada". Hay que dar un enfoque clínico a la queja de comportamiento e investigar qué alteraciones orgánicas pueden estar implicadas.
¿Los límites? Nuestra profesión tiene la responsabilidad de velar por el bienestar animal y la salud pública, aunque la exclusividad de esas competencias no esté suficientemente definida a nivel legislativo. Por eso, deberían situarse en aquellos problemas que comprometen la salud pública, como la agresividad, o el bienestar animal, como los estados emocionales negativos o los comportamientos con posible implicación orgánica.
- A día de hoy, nuestra mejor herramienta es la educación: explicar a la sociedad que el comportamiento también debe abordarse desde la evidencia científica y ofrecer a las familias herramientas para elegir bien cuando busquen ayuda. Si contaran con esa información, esos límites se impondrían solos.
Cuando un problema de conducta puede comprometer la seguridad de personas, otros animales o del propio paciente, ¿cómo debe actuar el veterinario para protegerse profesional y jurídicamente?
Aunque el responsable último de la seguridad es el titular del animal, es básico consignar en la historia clínica el análisis de riesgo y sus posibles implicaciones para las víctimas, las recomendaciones de seguridad ofrecidas, la necesidad de derivación y las medidas de protección necesarias antes de interactuar con el animal, también para salvaguardar nuestra propia integridad física.
- Para protegernos jurídicamente, es recomendable añadir otras capas que permitan demostrar que estas cuestiones se han comunicado al tutor. Una de ellas es dejar constancia escrita y comprobable, por ejemplo mediante correos electrónicos.
- Sin duda, la más potente es el consentimiento informado, en el que el tutor firma que se le han explicado estas cuestiones y que las comprende.
Debemos trabajar para incorporar estas medidas y resolver las dificultades prácticas que limitan su uso en el día a día, como el tiempo que requieren o la posible reticencia del tutor.
En algunos casos especialmente graves puede llegar a plantearse la eutanasia por motivos relacionados con el comportamiento. ¿Cómo debería abordarse una decisión así desde la medicina del comportamiento?
Existen problemas de conducta que comprometen la seguridad de terceros y/o el bienestar del animal. Algunos no pueden resolverse, o no con los recursos disponibles. En otros existe una expectativa razonable de mejoría, pero el riesgo no puede minimizarse durante el largo tiempo que requieren el tratamiento o incluso la investigación veterinaria.
- En estos casos, las alternativas pueden reducirse a dos: mantener al animal durante el resto de su vida en condiciones incompatibles con un buen bienestar, como el encierro permanente, o la eutanasia humanitaria.
- Sin embargo, la sociedad tiende a considerar que cualquier alternativa es mejor que la eutanasia, mientras muchas instituciones tampoco aceptan animales que suponen un riesgo para las personas.
- Esto deja a numerosas familias atrapadas, conviviendo con un animal al que temen o al que ven sufrir, sin encontrar una solución segura. A día de hoy, la sociedad les está fallando y este es un debate que creo que falta.
Las instituciones especializadas en medicina del comportamiento y muchos profesionales con formación científica aceptan que existen situaciones en las que la eutanasia humanitaria es la alternativa más adecuada para preservar la salud pública -que siempre debe ser prioritaria- y el bienestar animal.
Esta decisión solo se plantea tras un análisis de riesgo que valore el impacto de la conducta, las posibilidades de controlarla y la capacidad de proteger a los afectados, incluido el propio animal. También es importante considerar qué consecuencias tendría equivocarse en una u otra dirección.
Empatizar con la situación que viven las familias, comprender el coste emocional de prolongar estas situaciones y explicar nuestra recomendación con delicadeza y profesionalidad, procurando que las personas se sientan acompañadas y comprendan los motivos de la decisión, es la forma en la que encaramos estos casos tan difíciles.
Mirando hacia los próximos años, ¿qué cambios crees que pueden marcar el futuro de la etología clínica veterinaria en España y qué papel deberían tener los veterinarios clínicos en esa evolución?
Hubiéramos deseado que un marco legislativo como el de la Ley de Bienestar Animal (Ley 7/2023) supusiera un cambio importante, pero, aunque seguimos a la espera del reglamento, no está claro que vaya a ser así.
Otro avance deseable es un mayor reconocimiento de las especialidades veterinarias en general. Ya se están dando algunos pasos, aunque todavía queda mucho por hacer.
Más allá de eso, está la educación de la sociedad, y ahí sí que los veterinarios clínicos tenemos un papel fundamental: estar presentes, ofrecer opinión especializada en las cuestiones que nos competen, divulgar sobre la ciencia del comportamiento y trabajar por ampliar el concepto de «One Health» al de «One Welfare», que integra la salud física y la salud emocional.
La medicina del comportamiento ya no puede entenderse como un área separada de la práctica clínica. Como recuerda Silvia de la Vega, integrar la conducta en la valoración del paciente significa mejorar la detección de enfermedades, prevenir problemas de bienestar y tomar decisiones clínicas más fundamentadas. Un reto que pasa por la formación, la colaboración entre profesionales y una visión cada vez más amplia de la medicina veterinaria.










