La longevidad canina está dando un giro histórico con los primeros fármacos antienvejecimiento para perros, que plantean cuestiones fundamentales sobre el futuro de la práctica clínica veterinaria.
La noticia llegó desde San Francisco de manera casi sigilosa -como suelen hacerlo los cambios que realmente importan- y nos contaba que Loyal, una startup biotecnológica, espera conseguir en 2026 la primera aprobación de la FDA para un medicamento pensado específicamente para que los perros vivan más años. Y la verdad es que, más allá del impacto mediático, esta innovación nos está poniendo frente a un debate fascinante sobre hacia dónde se dirige nuestra querida profesión veterinaria...
¿Estamos redefiniendo los límites de lo tratable?
Ya llevamos años notándolo en nuestras consultas y es cada vez vemos más perros mayores y propietarios que no dudan en apostar por tratamientos geriátricos, que buscan segundas opiniones para sus compañeros de quince años y que nos miran esperanzados preguntando "¿qué más podemos hacer?". Esto es algo que me resulta entrañable y, a la vez, desafiante.
Como vemos, la longevidad canina ya no es una excepción puesto que se trata de una realidad cotidiana en muchas clínicas, pero Loyal propone algo diferente, más audaz. Esta startup biotecnológica nos invita a considerar el envejecimiento como el factor de riesgo modificable más importante para las enfermedades degenerativas caninas y esto en giro conceptual que me parece brillante.
En lugar de quedarnos esperando a que aparezca la artrosis, la disfunción cognitiva o esa insuficiencia renal que tanto tememos, ¿por qué no intervenir directamente en los procesos que las desencadenan? ...
La pregunta que me surge es completamente práctica ¿cómo diablos integramos este enfoque en nuestra rutina diaria?...Porque una cosa es lidiar con patologías que ya están ahí, claras y tangibles, y otra muy distinta es meternos con procesos biológicos tan fundamentales.
¿Qué hay detrás de la propuesta americana?
Los tres productos en desarrollo por Loyal me llaman la atención por su sofisticación. LOY-002, dirigido a perros mayores de 10 años, busca mantener esa función metabólica que inevitablemente se nos va deteriorando con los años. Su planteamiento me recuerda a esos estudios sobre restricción calórica que conocemos bien: la idea fascinante de que modulando el metabolismo podemos conseguir más años de vida saludable.
Pero LOY-001 y LOY-003 van más lejos, y es ahí donde la cosa se pone realmente interesante. Atacan directamente uno de los grandes misterios de la medicina canina ¿por qué narices los perros grandes viven menos que los pequeños? Al dirigirse a la sobreexpresión de IGF-1, pretenden nivelar las expectativas de vida entre razas. Reconozco que es tremendamente ambicioso.
El estudio STAY, con 1.300 perros distribuidos en 70 clínicas, representa algo sin precedentes en veterinaria. Los números son impresionantes, no voy a negarlo. Aunque también me generan cierta inquietud ¿cómo se van a traducir todos estos resultados a la práctica clínica real, esa que vivimos día a día con nuestros casos particulares?
¿Disfrutaremos de nuevos escenarios en la consulta veterinaria?
Solo de pensarlo ya me imagino las conversaciones que se nos vienen encima, entre otras, propietarios bien informados que llegarán preguntando por terapias de longevidad para perros que, aparentemente, están perfectos. Sin embargo, llegados a este punto, ¿cómo evaluamos si ese golden de cinco años que parece un cachorro es candidato para un tratamiento preventivo que va a durar años?...
Es como si la medicina preventiva veterinaria estuviera a punto de experimentar una transformación parecida a la que vivió la medicina humana con las estatinas o los antihipertensivos. En medicina humana, hubo un momento de inflexión cuando empezamos a prescribir estatinas a personas con colesterol alto pero sin síntomas cardiovasculares, o antihipertensivos a pacientes asintomáticos pero con tensión elevada. Fue un salto conceptual enorme: pasar de "tratar la enfermedad" a "prevenir la enfermedad tratando los factores de riesgo". La diferencia es que ahora estamos hablando de hacer lo mismo con nuestros pacientes de cuatro patas...
Y además surgen las cuestiones más mundanas, pero igual de importantes ¿cómo monitorizamos la eficacia de estos tratamientos?, ¿qué biomarcadores utilizamos?, ¿cómo le explicamos a un propietario que el éxito de este medicamento se va a medir en años, no en las semanas a las que están acostumbrados?
¿Y la formación en medicina geriátrica canina?
La llegada de estos medicamentos pone el dedo en la llaga de algo que muchos llevamos tiempo intuyendo y es que, aunque cueste algo reconocerlo, tenemos una brecha formativa considerable.
La medicina geriátrica canina, que tradicionalmente ha sido relegada a unas pocas horas perdidas en el currículo, va a necesitar una base sólida en biología del envejecimiento y es que no se trata solo de aprender a recetar nuevos medicamentos, sino de entender de verdad los procesos que pretendemos modificar.
Por eso, os invito a reflexionar... ¿estamos preparados para evaluar la salud metabólica de un perro senior como es debido? ¿sabemos interpretar los marcadores de envejecimiento celular? La verdad es que la formación continua adquiere una dimensión completamente nueva...
¿Dilemas éticos?
La posibilidad real de prolongar significativamente la vida canina introduce dilemas éticos que, francamente, no habíamos contemplado antes puesto que ¿en qué momento la longevidad se convierte en una carga para el animal?, o ¿cómo definimos calidad de vida en perros que viven más allá de su esperanza natural?. Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Y también está el tema de las expectativas, que me preocupa especialmente. Si existe un tratamiento que puede alargar la vida de un perro, ¿tenemos la obligación profesional de informar sobre él? ¿cómo gestionamos esa culpa inevitable de propietarios que no pueden o no quieren utilizarlo?. Compañeros, esto es una responsabilidad nueva que se nos echa encima.
Aunque Loyal se enfoca inicialmente en el mercado estadounidense, las implicaciones van mucho más allá. La medicina veterinaria tiende a globalizarse, especialmente cuando hablamos de innovación. Es muy probable que estos desarrollos acaben influyendo en las expectativas de propietarios y en los estándares de atención aquí en Europa.
La pregunta no es si van a llegar estos cambios, sino cuándo y, sobre todo, cómo nos vamos a preparar para recibirlos.
Una oportunidad de reflexión...
Al final, Loyal representa algo más que una innovación empresarial, puesto que simboliza la maduración de la medicina veterinaria como disciplina científica seria. Estamos presenciando cómo conceptos de medicina humana de vanguardia se aplican a nuestros pacientes y esto es emocionante.
Esta evolución trae consigo oportunidades extraordinarias como la posibilidad de ofrecer más años de calidad de vida, de prevenir enfermedades antes de que se manifiesten, de aplicar lo último en investigación biomédica al bienestar animal.
Pero también nos plantea desafíos considerables: la necesidad de actualizarnos constantemente, gestionar expectativas cada vez más sofisticadas, navegar por dilemas éticos complejos...
Como profesión, tenemos una oportunidad única de liderar esta transformación de manera reflexiva e inteligente. De definir no solo qué podemos hacer, sino cómo queremos hacerlo. Porque, personalmente pienso que, al final del día, la medicina veterinaria del futuro será exactamente lo que nosotros decidamos que sea hoy.













