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Los 10 errores que puedes cometer con la inteligencia artificial en la clínica veterinaria

La inteligencia artificial puede mejorar el trabajo en las clínicas veterinarias, pero también multiplicar errores. Diez riesgos que invitan a reflexionar sobre su uso, el criterio clínico y la responsabilidad profesional.

La inteligencia artificial está cada vez más presente en los congresos veterinarios, las conversaciones entre compañeros y el funcionamiento de las clínicas.

La sensación general es que estamos delante de algo importante y que, de una manera u otra, tenemos que subirnos al tren.

  • Pero lo que me genera más dudas no es qué puede hacer por nosotros, sino qué podemos hacer mal cuando empezamos a utilizarla.
  • Porque también permite equivocarse más rápido, multiplicar errores y automatizar decisiones que quizá nunca deberían haberse tomado.

Después de utilizar estas herramientas y observar cómo empiezan a incorporarse a las clínicas, creo que hay diez errores que merece la pena tener presentes.

1. Creer que la IA va a solucionar los problemas de nuestra clínica

Existe cierta tendencia a esperar que la inteligencia artificial resuelva problemas que, en realidad, tienen poco que ver con la tecnología. Puede ayudarnos a mejorar la comunicación, organizar la agenda o gestionar el equipo, pero difícilmente solucionará por sí misma esos problemas.

Una clínica mal organizada seguirá estando mal organizada después de incorporar IA. Lo mismo ocurre con una política de precios incoherente o un problema de liderazgo.

  • La IA puede ser una herramienta extraordinaria para mejorar procesos, pero primero necesitamos entender qué está fallando.
  • De lo contrario, corremos el riesgo de utilizar una tecnología muy sofisticada para hacer más deprisa aquello que ya hacíamos mal.

2. Dejarnos deslumbrar por todo lo que puede hacer

Este es probablemente uno de los errores más fáciles de cometer, y reconozco que también me ha ocurrido.

Cuando empiezas a utilizar estas herramientas descubres posibilidades continuamente: redactar historias clínicas, preparar informes, responder correos, crear protocolos, formar al equipo o analizar datos económicos.

El problema ya no es encontrar aplicaciones, sino que aparecen demasiadas. Surge entonces la tentación de poner en marcha varias al mismo tiempo o ir saltando de una herramienta a otra sin llegar a profundizar en ninguna. Y como la evolución es vertiginosa, cada nueva versión promete algo espectacular y vuelve a deslumbrarnos.

  • Podemos pasarnos meses probando inteligencias artificiales y no haber implantado ninguna.
  • No necesitamos diez proyectos simultáneos de IA. Probablemente sea mucho más útil conseguir que uno funcione de verdad.

3. Empezar por la herramienta en lugar de por el problema

“Tenemos que utilizar inteligencia artificial” se está convirtiendo en una frase demasiado habitual. Mi respuesta sería siempre la misma: ¿para qué? Si no somos capaces de responder con precisión, quizá todavía no necesitemos ninguna herramienta.

El orden debería ser justo el contrario.

  • Primero debemos identificar qué queremos mejorar: reducir el tiempo dedicado a preparar informes, documentar mejor las consultas, responder preguntas repetitivas de los propietarios o disponer de información más útil para gestionar la clínica.

Una vez localizado el problema, analizamos el proceso y buscamos si existe una tecnología capaz de ayudarnos.

  • Empezar preguntando “¿qué podemos hacer con ChatGPT?” equivale, de alguna manera, a comprar un martillo y salir después a buscar algo que se parezca a un clavo.

4. Dejar que cada miembro del equipo utilice la IA como quiera

Podemos encontrarnos con una clínica en la que el gerente utiliza ChatGPT, un veterinario prefiere Claude, otro trabaja con Gemini y recepción utiliza Copilot.

  • A primera vista podría parecer una organización muy avanzada tecnológicamente, pero también puede ser una organización que ha perdido el control sobre las herramientas que utiliza y la información que introduce en ellas.

Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de datos. Historias clínicas, teléfonos, direcciones, correos electrónicos o números de microchip no deberían terminar en cualquier plataforma simplemente porque copiar y pegar resulte cómodo.

La pregunta no es solo qué inteligencia artificial utilizamos, sino bajo qué condiciones, qué información introducimos y quién revisa los resultados. Además, pagar por una aplicación no significa que sea apropiada para uso profesional.

  • Por eso creo que una clínica debería disponer de un protocolo de uso de IA y elegir una plataforma corporativa autorizada, con cuentas individuales, administración centralizada y reglas claras sobre qué datos pueden introducirse, cuáles deben anonimizarse y cuándo es obligatoria la revisión humana.

5. Creer una respuesta porque está extraordinariamente bien escrita

La inteligencia artificial tiene una capacidad sorprendente para equivocarse de forma convincente. Puede proponer una dosis incorrecta, olvidar un diagnóstico diferencial o interpretar mal una prueba y, además, hacerlo utilizando un lenguaje impecable.

Me ocurrió personalmente. Consulté a una IA la dosis de un quimioterápico y la respuesta era incorrecta: había realizado mal la conversión del peso del animal a superficie corporal. Mi experiencia hizo que detectara inmediatamente el error.

  • Pero me quedó una pregunta incómoda: ¿qué habría ocurrido si esa misma respuesta la hubiera recibido un veterinario novel que no conociera la dosis esperable? Si hubiera hecho caso a la IA, el paciente habría muerto.

Tendemos a conceder credibilidad a aquello que parece estar bien razonado, pero una respuesta extensa, ordenada y llena de terminología médica no garantiza que sea correcta.

  • Por ello, en medicina veterinaria deberíamos mantener una regla muy sencilla: la inteligencia artificial puede proponer; la responsabilidad de validar sigue siendo nuestra.
  • Cuanto mayor sea la repercusión sobre el paciente, menos margen existe para aceptar una respuesta sin comprobarla.

6. Automatizar un proceso que ya era malo

En El aprendiz de brujo, Mickey consigue que las escobas transporten el agua por él. El problema aparece cuando la automatización empieza a funcionar mejor de lo que él es capaz de controlar. Sí, reconozco que es una referencia bastante boomer, pero resulta muy útil para hablar de inteligencia artificial.

  • Automatizar no significa necesariamente mejorar.
  • Si automatizamos una mala comunicación, produciremos muchas malas comunicaciones.
  • Si un protocolo contiene un error, ese error dejará de ser ocasional para convertirse en sistemático.

La automatización multiplica. Y precisamente por eso, antes de automatizar algo deberíamos preguntarnos si realmente queremos multiplicarlo.

  • A veces el primer paso para aplicar inteligencia artificial consiste simplemente en ordenar la casa, revisar cómo estamos trabajando y corregir lo que no funciona antes de entregárselo a una máquina, aunque sea inteligente.

 7. Conseguir que todas las clínicas hablen igual

Este es un riesgo menos clínico, porque hablamos fundamentalmente de comunicación y marketing, pero estratégicamente me parece muy interesante.

La inteligencia artificial va a reducir enormemente el coste de producir contenido. Crear un artículo, una newsletter o una publicación para redes sociales será cada vez más sencillo.

  • Pero si todos utilizamos las mismas herramientas con instrucciones parecidas, terminaremos recibiendo respuestas parecidas.
  • Todo será correcto, profesional y perfectamente redactado, pero también podría resultar perfectamente intercambiable.

La inteligencia artificial no debería construir la personalidad de una clínica. Primero debemos saber quiénes somos, qué tipo de medicina queremos hacer, cómo nos relacionamos con nuestros clientes y qué nos diferencia. Después podremos utilizarla para expresar mejor esa identidad.

Cuando producir contenido tenga un coste prácticamente marginal, hacerlo dejará de ser una ventaja competitiva. La verdadera diferencia estará en tener algo propio que merezca la pena contar.

Quienes aprendan antes a utilizar bien estas herramientas pueden obtener una ventaja importante, pero probablemente será temporal. Antes o después, casi todos tendremos acceso a herramientas muy parecidas. Llegados a ese punto, volverá a importar lo de siempre: qué hacemos diferente.

Hasta aquí hemos hablado fundamentalmente de errores de implantación que, en buena medida, podemos corregir a medida que adquiramos experiencia y establezcamos protocolos.

  • Los tres riesgos siguientes me parecen diferentes. Ya no afectan solamente a cómo implantamos una nueva tecnología.
  • Pueden afectar al tipo de veterinarios y al tipo de clínicas en que acabemos convirtiéndonos.

8. Dejar que la IA piense antes que nosotros

Este es, probablemente, el peligro que más me preocupa a medio plazo.

  • No es lo mismo preguntar: “Aquí tienes la historia clínica y la analítica, dime qué tiene este perro”, que presentar nuestros diagnósticos diferenciales y pedir a la IA que cuestione nuestro razonamiento.
  • En el primer caso delegamos parte del proceso intelectual; en el segundo utilizamos la herramienta para contrastarlo y ampliarlo.

Empieza a aparecer investigación sobre el cognitive offloading, la tendencia a descargar parte del esfuerzo mental en herramientas externas.

Un estudio del MIT Media Lab sobre escritura asistida con ChatGPT observó diferencias en conectividad cerebral, capacidad de recordar lo escrito y sensación de autoría. Es un trabajo pequeño y centrado en una tarea específica, por lo que sería exagerado afirmar que la IA “atrofia nuestro cerebro”.

Otro estudio con 666 participantes encontró una asociación entre mayor uso de IA, mayor descarga cognitiva y puntuaciones inferiores en pensamiento crítico. Asociación, por supuesto, no significa causalidad.

  • El verdadero problema aparecería si empezamos a externalizar aquello que construye nuestro criterio profesional: formular hipótesis, relacionar síntomas e interpretar resultados contradictorios.

Y aquí me preocupa especialmente lo que pueda ocurrir con los veterinarios jóvenes. Quien todavía está construyendo su criterio puede tener más dificultades para detectar errores.

  • La tentación puede ser enorme: sustituir el esfuerzo de aprender medicina por el de aprender a manejar herramientas de inteligencia artificial.

Saber preguntar a una IA no es lo mismo que saber medicina. Saber obtener una respuesta no significa saber juzgarla.

  • Los veterinarios jóvenes necesitarán aprender ambas cosas, porque el verdadero aprendizaje no consiste únicamente en llegar al diagnóstico correcto, sino en aprender cómo se llega hasta él.

Probablemente veremos conflictos de responsabilidad profesional por un uso inadecuado de estas herramientas. Pero si en el futuro existen herramientas diagnósticas suficientemente validadas que reduzcan determinados errores, quizá también llegue a plantearse la pregunta: “¿Por qué no utilizó una herramienta disponible que podría haber ayudado a detectar el error?”.

Mi temor no es que dejemos formalmente de diagnosticar, sino que dejemos progresivamente de construir el diagnóstico y acabemos convirtiéndonos en suministradores de datos para un sistema que formula las hipótesis por nosotros.

  • Por eso creo que deberíamos acostumbrarnos a un orden sencillo: primero pensar, después consultar, luego contrastar y finalmente decidir.
  • La inteligencia artificial debería servir para cuestionar nuestro razonamiento, no para ahorrarnos el trabajo de razonar.

9. Automatizar precisamente la parte humana de la clínica

Cada vez podemos automatizar más cosas: redactar correos, preparar mensajes, explicar diagnósticos, generar informes e incluso mantener conversaciones con los propietarios.

Pero la pregunta no es solo si podemos hacerlo, sino si debemos hacerlo y en qué momentos no deberíamos delegar esa función.

  • Una clínica veterinaria no proporciona únicamente actos médicos. También construye confianza.
  • Y hay momentos difícilmente sustituibles: comunicar un diagnóstico grave, hablar de eutanasia, explicar un pronóstico complicado o acompañar a alguien preocupado por su animal.

La verdadera oportunidad de la inteligencia artificial quizá no sea eliminar esas conversaciones, sino reducir el trabajo administrativo para poder dedicarles más tiempo.

  • Si una herramienta nos ahorra treinta minutos de burocracia y los invertimos en pacientes y propietarios, está haciendo exactamente lo que debería hacer.
  • Si automatizamos también esa relación, quizá hayamos confundido eficiencia con valor.

Cuanto más tecnológica sea la medicina veterinaria, posiblemente más valiosa resulte la parte que no puede automatizarse.

  • Un cliente jamás debería sentir que su relación con la clínica es casi exclusivamente a través de una IA y que llegar a los veterinarios se convierte en un muro insalvable.

10. Y después de todos estos riesgos, cometer el último error: no utilizarla

Después de nueve advertencias podría parecer que mi recomendación es mantener la inteligencia artificial a cierta distancia. Pienso exactamente lo contrario. No utilizarla también es una decisión estratégica, y probablemente tenga un coste creciente.

  • Habrá clínicas que reduzcan el tiempo dedicado a tareas administrativas, equipos que documenten mejor sus consultas y veterinarios capaces de acceder y contrastar información con mayor rapidez.
  • La diferencia no estará en que la IA sustituya a unos profesionales por otros, sino en que algunos aprenderán a utilizarla mientras otros seguirán trabajando exactamente igual que antes.

El debate sobre si debemos utilizar inteligencia artificial me parece cada vez menos interesante. La pregunta relevante es cómo aprender a utilizarla bien.

  • Quizá para una clínica veterinaria sea mejor empezar de una manera sencilla: elegir un problema concreto, buscar una herramienta adecuada, medir qué ocurre, aprender de la experiencia y, si funciona, convertirlo en un protocolo antes de pasar al siguiente problema.

No necesitamos convertir nuestras clínicas en empresas tecnológicas ni incorporar IA a todos los procesos. Necesitamos identificar dónde puede ayudarnos a trabajar mejor.

Al final, la calidad de una clínica seguirá dependiendo de buenos profesionales, criterio clínico, organización, liderazgo, procesos claros y una cultura propia. La inteligencia artificial puede potenciar todo eso, pero difícilmente inventarlo por nosotros.

Por eso creo que el futuro no pertenecerá necesariamente al veterinario que más utilice la inteligencia artificial, ni al que presuma de no necesitarla.

  • Probablemente estará en una posición mucho mejor quien aprenda algo bastante más difícil: cuándo utilizarla, cuándo cuestionarla y cuándo dejarla a un lado para seguir pensando por sí mismo.

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