La rotación de personal es uno de los problemas más agotadores que enfrenta quien lidera una clínica veterinaria. Pero detrás del eterno "no tengo tiempo" suele haber algo más profundo: una confusión sobre qué merece ir primero en el vaso.
Este artículo, escrito desde la experiencia más honesta del día a día clínico, propone una reflexión incómoda y necesaria sobre liderazgo, prioridades y equipos.
"No tengo tiempo para eso" ... La frase que todos nos hemos dicho
Es una de las más comunes entre quienes lideran clínicas con alta carga de trabajo y un equipo al límite. Todos nos la hemos dicho en algún momento, porque todos hemos sentido esa presión acumulada de las consultas que esperan, los días que se llenan antes de que terminen de empezar y una lista interminable de cosas pendientes.
La escasez de personal, la responsabilidad hacia los pacientes, las cirugías que no pueden esperar. Todo eso nos lleva al mismo lugar: concentrarse en sacar adelante el día, en sobrevivir la jornada para volver a empezar mañana.
- Y entonces llega ese momento. Ese compañero o compañera que llevaba nueve meses con nosotros, en quien habíamos puesto tanta esperanza, nos dice que ya no puede más. Que necesita un descanso. Que va a buscar otro sitio. Y volvemos a sentir esa tensión familiar en el pecho, la misma de siempre, aunque ya hace tiempo que aprendimos a no dejarla ver.
Por fuera, estoicismo. Calma zen. Por dentro, un mar embravecido golpeando contra unos espigones que llevan demasiado tiempo erosionándose.
El ciclo del anuncio y la espera
Empezamos a calcular cuándo tendremos un hueco para publicar la oferta de empleo. Colgamos el anuncio, uno más entre los quince similares de la misma plataforma, que destaca únicamente porque hemos escrito que buscamos a una "persona dinámica". Y después del pequeño alivio que produce ese gesto, vuelven las preguntas de siempre:
- ¿cuándo voy a poder entrevistar a los candidatos? ¿qué nivel de experiencia tendrán? ¿cuánto tiempo necesitaré para formarlos antes de que puedan aliviarme aunque sea un poco la carga?...
Tiempo... El mismo tiempo que decíamos que no teníamos.
El mismo que jurábamos que no existía. Pero que, de algún modo, siempre acabamos encontrando porque no queda otra salida. Llegamos a casa agotados, demacrados, pero llegamos. Y eso, en los mejores momentos, nos devuelve algo de fe en nosotros mismos. Incluso cierto orgullo por haber sobrevivido un día que habría podido con muchos otros.
Aunque las dudas no tardan en volver. ¿Será mañana el día que no pueda? ¿Cuánto falta para que el ciclo se repita?
Parece que llega una idea
Y entonces surge algo. Una idea pequeña al principio, casi imperceptible, que va madurando despacio. ¿Por qué cuando decía que no tenía tiempo, de repente lo encuentro? ¿Dónde estaba ese tiempo que podría haber dedicado a preparar mejor a esa compañera? ¿O a ver con claridad el rumbo que tendría que haber marcado hace años? ¿O simplemente a entrenar a mi auxiliar para que organizara mejor la agenda?
Si lo hubiera encontrado entonces... ¿me habría ahorrado tener que encontrarlo ahora, a la fuerza, en el peor momento? ¿Si hubiera dedicado cinco minutos más al día a apoyar a ese compañero, seguiría aquí haciendo esas consultas que ahora tengo que atender en la mitad del tiempo?
¿Cómo encuentro ese tiempo antes de que sea demasiado tarde? ¿Cómo rompo este ciclo?
El vaso, las piedras y la arena
Me viene una imagen a la mente: los granos de un reloj de arena cayendo sobre piedras de distintos tamaños, rellenando los huecos. Algo me dice que ahí hay algo.
- Cojo un vaso. Salgo a buscar gravilla, piedras de distintos tamaños. Busco arena. Separo las grandes de las pequeñas y echo primero las pequeñas. Cubren la mitad del vaso. Luego intento colocar las grandes encima y rebosan, no entra todo. Echo la arena de todas formas. No funciona. El tiempo entra, pero las piedras grandes se quedan fuera.
Vacío el vaso. Lo intento al revés. - Coloco primero las piedras grandes. No rebosan. Luego echo las pequeñas, que van encontrando su hueco entre las grandes. Por último, la arena, que se cuela por los espacios que quedan. Y todo entra. Todo.
- Puse primero lo grande. Lo pequeño encontró su sitio. El tiempo fue el mismo.
Bien. Tengo un vaso lleno de piedras y arena. Ahora, ¿qué hago con él? La respuesta obvia, la que reconforta durante unos segundos, no es la solución. Aunque lo pareciera.
La pregunta incómoda sobre las prioridades
¿Qué es lo importante? Se supone que mis pacientes, ¿no? Mis clientes. Sin ellos no hay negocio, eso está claro. Pero... ¿de qué sirve el negocio si acabo roto? En realidad, sin mí no hay negocio. Y sin apoyo, no sé cuánto tiempo podré seguir.
Entonces, ¿lo importante eran ellos? ¿Mi equipo?
Mi primera reacción es defensiva: ¡hice todo lo que pude por esa gente! Les pagué un sueldo, les di condiciones que no encontrarán fácilmente en otro sitio. Pero si soy honesto conmigo mismo, sé que no es del todo cierto.
- Podría haberles enseñado esa técnica que solo hago yo.
- Podría haberles escuchado cuando me dijeron que estaban cansados y que las consultas se acumulaban.
- Podría haberles preguntado qué querían estar haciendo dentro de unos años, y haber sido parte de ese camino.
- Podría haberles ayudado a resolver sus propios problemas en lugar de solucionar siempre yo todo por ellos, haciéndoles sentir que no eran capaces.
- Podría haber mandado a alguno a un curso, haberles preguntado qué les costaba, haber buscado soluciones juntos.
Pero no eran mi prioridad. Ninguna de esas cosas lo era. Mi prioridad era mantener el fuego vivo: el ciclo de consultas entrando y saliendo, clientes contentos, pacientes bien atendidos, más referencias, más trabajo. Ese fuego al que seguí echándole combustible sin darme cuenta de que nos estaba quemando a todos por igual. Porque si no hay fuego, pensaba, ¿para qué queremos bomberos?
El equipo es la piedra grande
Pero ahora lo entiendo. No era el fuego lo que me iba a salvar. Era mi equipo. Sin ellos no puedo ver todas las consultas, no puedo hacer todas las cirugías, no puedo asegurar el futuro del negocio. No puedo apagar ningún fuego si estoy siempre en primera línea, metido dentro de las llamas, sin nadie que me diga que el edificio entero está ardiendo. Esa persona tenía que haber sido yo. Y no lo fui.
Si siempre estoy en el frente, no puedo ver el conjunto. No puedo apoyar al resto. No puedo ser lo que necesitan. No puedo ser, en definitiva, un líder. Y así, tarde o temprano, acabamos quemados todos.
Aprender a distinguir las piedras grandes
Las cosas que creía que eran importantes, las que me llenaban el día y justificaban que no tuviera tiempo para nada más, ya no me parecen tan grandes. Ahora veo que eran gravilla. Las piedras grandes son otras, y las únicas que saben distinguirlas del resto soy yo. Pero para moverlas necesito un equipo. Y para tener un equipo necesito cuidarlo, escucharlo y enseñarle también a distinguir lo que importa de lo que simplemente urge.
Cuando lo hagamos juntos, cuando hayamos aprendido a poner primero lo que va primero, dejaremos de ser un grupo de personas sobreviviendo el día. Seremos un equipo.












