Llega un momento en el que la clínica va bien, el equipo funciona y tú mismo, casi sin quererlo, empiezas a pensar en abrir otro centro. Lo que parece una decisión de negocio es en realidad una decisión sobre qué tipo de veterinario quieres seguir siendo.
- Porque crecer no es solo una cuestión de gestión, sino una prueba de si lo que has construido tiene suficiente fondo como para sostenerse cuando crece.
Por eso comparto mi experiencia, por si puede servirle a alguien que esté en ese mismo momento.
Una vocación que empezó antes que la carrera
Hay vocaciones que no se eligen, se heredan. En mi caso, la veterinaria empezó mucho antes de la universidad, en el asiento del copiloto, recorriendo pueblos con mi padre y viendo cómo pasaba de una granja a otra con una mezcla de oficio, intuición y respeto por el animal que no se enseña en los libros. Mi tío también era veterinario. En casa no se hablaba de otra cosa y yo nunca dudé.
Formarse fuera te cambia más que el currículum
Estudié en Valencia y completé mi formación con dos años fuera, en Brasil y en Oporto. Más allá del aprendizaje técnico, aquello me cambió la cabeza, me enfrentó a mis miedos, me obligó a adaptarme y me enseñó que hay muchas formas de ejercer bien esta profesión, aunque todas pasan por lo mismo, por el criterio, la humildad y el trabajo.
Al terminar, Madrid fue una decisión estratégica. Quería formarme, absorber todo lo posible, y pasé por hospitales como Retiro, Puchol y Vetsia con un objetivo claro, aprender lo suficiente como para, algún día, poder hacerlo a mi manera.
El primer centro y una idea casi tradicional
Ese día llegó con 26 años. Abrí mi primer centro con una idea muy sencilla, casi tradicional, hacer buena medicina multidisciplinar, estar cerca del cliente y construir un equipo que se sintiese parte de algo, no simplemente empleados. Sin urgencias nocturnas, evitando turnos partidos y priorizando la calidad de vida de las personas que trabajaban conmigo.
- Nunca hubo un plan de expansión, pero cuando haces las cosas bien el mercado responde.
- En un año la base de clientes creció de forma sólida y entonces vino la siguiente decisión, repetir el modelo.
- Hoy, cuatro años más tarde, son cuatro centros, todos con buen rendimiento y sin rotación de personal.
- Porque aquí está la clave, crecer no es abrir más clínicas, sino sostener lo que ya tienes mientras añades complejidad sin romper el sistema.
Por qué sigo pasando consulta
Todo eso no se consigue desde un despacho, y tengo claro que no habría llegado hasta aquí desde una posición puramente estratégica. Sigo pasando consulta en el mismo centro donde empecé, que además es el que más lejos me queda.
- La clínica te mantiene conectado a la realidad, a los tiempos, a los errores, a los clientes, al equipo. Cuando te desconectas de eso, empiezas a tomar decisiones desde Excel y no desde la veterinaria, y esa es una distancia que cuesta mucho recuperar.
Lo que sostiene una estructura cuando crece
Gestionar varias clínicas es otra historia. Es construir una casa donde cada pieza tiene que encajar, el equipo, los protocolos, los precios, la comunicación, la cultura. Sin esa base no hay crecimiento sostenible.
- Protocolizar no es burocratizar, es garantizar que el paciente recibe el mismo nivel de medicina esté donde esté, es proteger al equipo y es poder delegar sin perder calidad.
- La cultura de empresa no se escribe en un manual, se transmite en el día a día, en cómo hablas con tu equipo, en qué toleras y qué no, en si priorizas la facturación o la medicina bien hecha.
Y esto último es incómodo pero hay que decirlo, si pones el dinero delante de la clínica a medio plazo pierdes ambas cosas. Porque esto no es un negocio replicable ni comparable con otros sectores de la medicina, aquí somos pediatras de los hijos de una familia y para eso hay que estar a la altura.
- Compaginar la dirección clínica con la gestión empresarial no es un equilibrio perfecto, es una tensión constante, pero también es lo que te permite construir algo que dure.
La gestión también se aprende
Hoy dedico muchas horas a la gestión y me gusta. Me reta, me sorprende y me sigue enseñando cosas que no esperaba aprender a estas alturas. Porque al final, todo esto va de lo mismo que aprendí de pequeño en el coche de mi padre, hacer bien tu trabajo, cuidar al animal, respetar al cliente y rodearte de gente que comparta esa forma de ver la profesión.
Lo demás, la expansión, los números, la estructura, viene después. Y solo tiene sentido si lo primero está bien hecho.
















