“Cuando un animal se va, no solo se apaga una vida: se transforma un vínculo. Y quienes acompañamos ese tránsito también necesitamos sostenernos para no rompernos en el intento. Porque, a veces, de las sombras también nace la vocación de cuidar”.
Hay profesionales que transforman el dolor en propósito, y María Pifarré es una de ellas. Veterinaria e ilustradora, ha hecho de la palabra “acompañar” su forma de estar en el mundo.
Autora de "Más Allá del Adiós" -un viaje hacia el acompañamiento del duelo en tutores- y de "Los últimos días de nuestras mascotas" - una guía emocional y práctica para veterinarios-, María invita a mirar la profesión desde un lugar más humano, más consciente y más sostenible. Pero su camino no nació de la calma. Llegó al borde del abismo, tan rota que pensó en acabar con todo.
- Las deudas, la presión, la soledad y la muerte de su madre la empujaron a una oscuridad de la que solo pudo salir cuando pidió ayuda. A partir de ahí comenzó un proceso profundo de reconstrucción, de terapia, de formación y de autoconocimiento. Ese renacer le dio una misión clara: que ningún veterinario vuelva a sentirse tan solo como ella se sintió.
Hoy su voz es un faro dentro de la profesión. Coordina el Programa de Acompañamiento para Tutores “Más Allá del Adiós” y dirige el Experto Universitario en Duelo por la Pérdida de Mascotas y Acompañamiento Veterinario, dos espacios pioneros que buscan ofrecer herramientas reales para acompañar sin romperse.
Hablamos con ella sobre vulnerabilidad, propósito y la importancia de cuidar también a quienes cuidan. Sobre el valor de mirar el dolor de frente… y convertirlo en motor de cambio.

¿Qué momento concreto te hizo darte cuenta de que el duelo animal necesitaba voz propia en tu vida profesional?
Hubo un momento en que el silencio me dolió más que la pérdida. Recuerdo una eutanasia que hice hace años: una familia entera abrazando a su perro, llorando sin esconderse. Yo estaba ahí, cumpliendo mi papel clínico, pero por dentro sentía que algo no estaba bien.
Que esa escena pedía más presencia, más humanidad, y que yo no sabía muy bien cómo ofrecerla. Durante mucho tiempo confundí profesionalidad con distancia. P
ero ese día entendí que lo que las personas más necesitaban no era que escondiera mi emoción, sino que las acompañara desde ella.
Fue como abrir una puerta invisible. A partir de entonces, empecé a mirar el duelo no como un obstáculo, sino como una parte esencial de nuestra labor.
- El duelo siempre había estado en la clínica, solo que nadie le ponía nombre. Y comprendí que, si yo podía aprender a hacerlo, quizá también podría ayudar a otros compañeros a no sentirse tan solos en ese lugar donde la técnica no basta.
Entre todas las despedidas que has acompañado, ¿hubo alguna que te marcara especialmente y que te empujara a escribir el primer libro? Sí. Hubo una despedida que me marcó profundamente

Esa frase me hizo entender que acompañar también es una forma de cuidar. De momentos así nació "Más Allá del Adiós", como una manera de seguir acompañando a las familias cuando yo ya no estaba a su lado.
- Al escribirlo, también me reencontré con mis propios duelos y comprendí que sanar no es olvidar, sino compartir.
Dices que “en la carrera nos enseñaron a curar cuerpos, pero no a acompañar almas”. ¿Cuándo tomaste conciencia de este vacío formativo y cómo te afectó en tus primeros años de profesión?
Me di cuenta de ese vacío formativo en mis primeras eutanasias. Me dijeron que con el tiempo me acostumbraría, pero no es verdad.
- No te acostumbras a que duela, solo aprendes a estar más presente. Aquellas despedidas dejaron claro que nadie nos había preparado para la parte emocional de la profesión.
- Durante años llevé ese peso en silencio, pensando que debía afrontarlo sola. Cuando pedí ayuda entendí que acompañar no es absorber el dolor, sino sostenerlo con humanidad.
Cuidar el alma también es medicina, y aprender a hacerlo nos ayuda tanto a nosotros como a las familias. Acompañar también es cuidar, y nosotros no tenemos por qué hacerlo solos
Empezaste escribiendo para tutores en duelo y después para veterinarios. ¿Fue natural esa progresión o hubo un punto de inflexión que te hizo pensar “ahora necesito hablar con mis colegas”?
Al escribir "Más Allá del Adiós" buscaba acompañar a los tutores más allá del momento de la eutanasia, porque en esos minutos no hay espacio para decir todo lo necesario.
Mientras redactaba, me di cuenta de cuánto nos afecta también a nosotros ese acto clínico y de lo poco que se habla del peso emocional que deja en el veterinario. Ese descubrimiento fue el punto de inflexión.
- Entendí que muchos compañeros se sienten igual de solos, perdidos o agotados, y que necesitábamos un espacio propio para hablar de ello
Así nació "Los últimos días de nuestras mascotas", como una forma de decirles que no están solos y que es posible ejercer con humanidad sin perderse por el camino.
¿Qué respuestas has recibido de veterinarios al leer tus textos? ¿Ha habido resistencias, alivio, o reconocimiento de un sufrimiento compartido?
Las respuestas de los veterinarios suelen empezar por la sorpresa y el alivio. Muchos reconocen que nunca habían pensado en cómo el duelo también nos afecta a nosotros y agradecen que se dé voz a algo que todos sentimos pero pocas veces nombramos.
También hay resistencias, porque hablar de emociones en una profesión tan técnica todavía incomoda.
- Aun así, cada vez más compañeros entienden que cuidar el final también es medicina y que nuestro bienestar influye directamente en cómo ejercemos. Estamos empezando a mirarnos con más humanidad

¿Por qué crees que la sociedad sigue minimizando el duelo por una mascota cuando los vínculos emocionales son tan reales como profundos?
La sociedad sigue minimizando el duelo por una mascota porque continúa jerarquizando los afectos y confundiendo el amor con la especie. Muchas personas no entienden que el vínculo con un animal puede ser tan profundo y significativo como cualquier otro, y que su pérdida rompe una parte de la identidad y del hogar emocional de quien se despide.
- El entorno no siempre valida ese dolor, y frases como “ya tendrás otro” solo generan más culpa y soledad. Por eso nuestro papel como veterinarios es dar espacio y legitimidad a ese vínculo.
- Acompañar sin juzgar es una forma de respeto, y a veces lo único que necesita quien sufre es permiso para sentir.
¿Crees que muchos veterinarios se identifican con la frase “¿Cuántas veces, por miedo a decir hasta aquí, has dejado sufrir un poco más a ese animal?” y qué consecuencias tiene ese miedo a comunicar lo inevitable?

La falta de formación en comunicación puede llevarnos tanto a retrasar decisiones necesarias como a expresar las cosas de forma brusca, causando culpa y dolor en las familias. Por eso es esencial aprender a transmitir estas noticias con empatía y claridad.
Cuando lo hacemos, el final se acompaña mejor y el proceso se convierte en un puente que alivia a la familia… y también a nosotros.
- Cuidar el final es parte de la medicina veterinaria, no una excepción.
Dices que “acompañar bien un final es rentable, pero no solo en euros”. ¿Podrías desarrollar qué significa para ti esa “rentabilidad emocional”?
Para mí, la rentabilidad emocional significa que acompañar bien un final aporta sentido y sostenibilidad. Cuando lo hacemos con empatía y presencia, generamos paz y gratitud en la familia, pero también en nosotros, porque nos recuerda por qué elegimos esta profesión y nos permite cerrar el día con serenidad.
- Esa coherencia también tiene un impacto real en la clínica: un tutor que se siente acompañado confía más, vuelve y recomienda.
- Un equipo que trabaja desde la humanidad mejora su bienestar y, de manera natural, también su rentabilidad económica.
Cuidar bien y vivir dignamente de ese cuidado deberían ir siempre de la mano.
¿Qué papel debe tener el veterinario en el acompañamiento emocional del tutor? ¿Dónde está el límite entre empatía profesional y desgaste personal?
El veterinario no debe hacer de terapeuta, pero sí acompañar: ofrecer presencia, escucha y claridad sin intentar absorber el dolor del tutor.
- Se trata de sostener, no de cargar, manteniendo siempre la empatía y el respeto. El límite está en el autocuidado. Cuando empatizamos sin conciencia, nos agotamos; cuando lo hacemos desde la serenidad, la compasión se vuelve fortaleza.
Cuidar nuestro bienestar emocional nos permite comunicar mejor, tomar decisiones más claras y trabajar en un entorno más sano. La empatía bien gestionada no desgasta, sino que suma.
Hablas de autocuidado emocional, burnout y compasión fatigada. ¿Qué señales de alarma debería reconocer un veterinario antes de llegar al punto de rotura?
Las primeras señales suelen ser la indiferencia y el agotamiento: cuando dejas de emocionarte, cuando deseas que un caso termine rápido o cuando la sonrisa se vuelve automática
- A menudo también aparece en el cuerpo -insomnio, tensión, irritabilidady en el pensamiento con un “no puedo más” que intentas ignorar. Reconocer estas grietas a tiempo es clave. Pedir ayuda no es debilidad, es inteligencia emocional.
Cuidarnos nos permite seguir amando la profesión, mantener el equilibrio y trabajar en un entorno más sano y sostenible. Una clínica emocionalmente cuidada también funciona mejor.
Para terminar, María: si pudieras decirle algo a ese veterinario que hoy llegó a casa después de una eutanasia, con el corazón encogido y dudando si merece la pena seguir, ¿qué le dirías?
Le diría que lo entiendo, que todos hemos pasado por ese regreso a casa con el corazón encogido. El veterinario no debe hacer de terapeuta, pero sí acompañar: ofrecer presencia, escucha y claridad sin intentar absorber el dolor del tutor. El duelo nos afecta a todos: al tutor, al animal y también al veterinario.
Pedir ayuda no es debilidad; es inteligencia emocional que salva profesiones
Ese cansancio no significa que esté rota, sino que ha cuidado mucho.
- Le diría que no se rinda, que pida ayuda y que recuerde que su trabajo importa más de lo que imagina. También le recordaría que no está sola, que somos muchos los que sentimos lo mismo y estamos aprendiendo a sostenernos mutuamente.
Para seguir amando esta profesión tan hermosa como exigente, necesitamos cuidarnos tanto como cuidamos a los demás. La empatía bien acompañada no nos debilita: nos devuelve la fuerza y el sentido.
Decálogo de Reflexión. Lo que esta entrevista nos obliga a preguntarnos
- ¿Desde dónde acompaño los finales de vida: desde la presencia profesional o desde la sobrecarga emocional?
- ¿Tengo claro qué me corresponde como veterinario y qué no me corresponde asumir emocionalmente?
- ¿Diferencio entre empatía clínica y absorción del dolor ajeno?
- ¿Dispongo de espacios -personales o de equipo- para procesar lo vivido tras una eutanasia o un caso especialmente intenso?
- ¿He normalizado el impacto emocional como parte de la clínica o sigo viviendo estas situaciones en soledad?
- ¿Me permito parar después de determinados casos o paso directamente al siguiente paciente como si nada hubiera ocurrido?
- ¿Hablo de estas experiencias con mi equipo o las gestiono de forma individual y silenciosa?
- ¿Reconozco cuándo una situación me desborda o sigo funcionando en piloto automático?
- ¿He incorporado límites emocionales como parte de mi práctica profesional, igual que los límites clínicos?
- ¿Estoy cuidando mi sostenibilidad emocional con la misma seriedad con la que cuido la técnica y la formación continua?











