Durante décadas, llamar al veterinario de madrugada y encontrar una respuesta relativamente cerca se ha dado casi por hecho. Pero ese modelo empieza a mostrar sus límites. Lo que ocurre cuando cae la noche plantea una cuestión que va mucho más allá de quién coge el teléfono de guardia.
Una disponibilidad que ya no puede darse por supuesta
Son las tres y diez de la madrugada. Un gato macho lleva horas entrando y saliendo del arenero sin orinar, y su tutora marca el teléfono de urgencias de su clínica. La escena podría ocurrir en Huesca, en Cornualles, en una ciudad del Medio Oeste estadounidense o en un pueblo del interior de Suecia. En los cuatro casos, cada vez con más frecuencia, la respuesta es la misma: le atenderán, pero no aquí, y habrá que coger el coche y desplazarse a distancias inesperadas.
- El anuncio de cuatro clínicas oscenses que desde el pasado 1 de octubre han dejado de ofrecer guardias nocturnas presenciales ha sido leído en clave local, pero, en mi opinión, debería hacerse otra lectura.
- Lo que se está resquebrajando no es la organización de una ciudad, sino el contrato implícito que durante medio siglo ha sostenido la medicina veterinaria de animales de compañía: la idea de que el veterinario de cabecera está disponible siempre.
Un mapa que se apaga de noche
Basta mirar fuera para comprobar que España no es una excepción. En Estados Unidos, Mars Veterinary Health, uno de los mayores grupos del mundo, reconocía en 2024 que solo 49 de sus 103 hospitales BluePearl y 59 de sus 75 VCA mantenían urgencias las 24 horas, con cientos de plazas de veterinario de urgencias sin cubrir.
Ciudades como Rochester (Nueva York) se quedaron sin hospital de urgencias y sus vecinos pasaron a conducir más de una hora para buscar estos servicios que son, sin duda, esenciales.
En el condado de Door, en Wisconsin, el cierre de un hospital en 2025 dejó a algunos propietarios a tres horas del centro más cercano. Allí se calcula que hace falta una población de unas 100.000 personas para sostener un servicio 24 horas.
En Reino Unido, la Comisión de Medio Ambiente y Asuntos Rurales de la Cámara de los Comunes publicó en junio de 2026 un informe con una frase que deberíamos enmarcar: "el país no tiene pocos veterinarios pero le cuesta cada vez más tenerlos en los lugares adecuados".
- El 45 % de quienes abandonan la profesión llevaba menos de cuatro años ejerciendo. En paralelo, la autoridad de la competencia británica ha cerrado una investigación de mercado sobre precios, transparencia y concentración del sector.
Y la Federación de Veterinarios de Europa (FVE) ha abierto un estudio sobre los servicios de urgencias y fuera de horario en sus países miembros, que incluye una pregunta hasta hace poco impensable: si las administraciones públicas deben asumir responsabilidad e incluso ofrecer apoyo económico para garantizarlos.
- Huesca, Albacete o Canarias no son anomalías. Son la versión española de un fenómeno que recorre todo el mundo desarrollado.
Seis raíces bajo la superficie
Reducir el problema a "faltan veterinarios" es cómodo, pero insuficiente e irreal. La falta de personal es uno de los síntomas de una patología que conduce a nuestro sistema a esta situación. Las causas son más complejas y están entrelazadas. Seguramente deberíamos abordar este problema de una forma eficaz, por lo que apunto una serie de consideraciones que deberíamos valorar.
1.-Una sociedad que espera medicina humana
Quizás esta situación tiene más reflejo entre los especialistas de animales de compañía, pero quiero remarcar que esto se produce también en otras áreas de especialidad. En el caso de los especialistas en pequeños animales, nuestros pacientes han pasado de la caseta al sofá y, en el plano jurídico, de cosas a seres sintientes.
- Con ese cambio llegó una expectativa lógica entre los tutores de los animales: que la atención veterinaria se parezca a la sanitaria humana, con urgencias abiertas siempre, especialistas y cuidados intensivos.
- Esa expectativa es legítima, pero no tiene detrás el sistema público que la sostiene en medicina humana ni una oferta privada equivalente. La realidad de la profesión veterinaria es distinta a la de la profesión médica.
2.-Una economía que no cuadra de noche
La medicina y cirugía de animales de compañía es una actividad económica fundamentalmente privada, es decir, se financia casi por completo con el bolsillo del propietario y, en algunos casos, con el aseguramiento de mascotas que, actualmente, sigue siendo minoritario en España.
- Una guardia nocturna exige personal, equipamiento y estructura, pero en una ciudad mediana genera pocos casos para sostener este sistema.
- Es un servicio estructuralmente deficitario que se ha mantenido gracias a horas no pagadas o mal pagadas y que compromete de forma significativa la conciliación familiar de las personas.
3.-Una generación con otras prioridades
Los veterinarios que salen hoy de las facultades no aceptan el modelo de sacrificio permanente que sus predecesores asumieron. Hacen bien. La profesión arrastra tasas de agotamiento y de problemas de salud mental documentadas en numerosos países y un abandono precoz que el informe británico cifra con claridad.
- El talento no falta: se va. Es necesario aceptar la legítima aspiración de los profesionales más jóvenes de ejercer en un entorno más amable, satisfactorio y que permita el desarrollo profesional.
4.-Una formación que no prepara para la soledad de la guardia
Un recién graduado que afronta solo una urgencia crítica a las cuatro de la madrugada está expuesto a un riesgo clínico, legal, de seguridad y emocional para el que pocas veces se le ha preparado.
- Muchos lo viven una vez y deciden que no quieren repetirlo. Sin estructuras de supervisión y apoyo, la guardia expulsa a quien más la necesita para aprender.
- Este tipo de servicios es complejo y exigente, lo que requiere una formación y una preparación acordes con las exigencias.
5.-Un mercado que se concentra
La entrada de los grandes grupos ha profesionalizado la gestión y ha impulsado hospitales de referencia muy bien dotados. Pero su lógica, la de centros de referencia con una dotación humana y material de vanguardia, con clínicas satélite, concentra la urgencia en pocos puntos.
- Donde no hay masa crítica, la cobertura nocturna deja de tener sentido empresarial.
6.-Un territorio vacío y un vacío normativo
La España despoblada no tiene volumen para sostener un hospital 24 horas en cada capital. Y ninguna norma define qué cobertura mínima debe existir, quién la garantiza ni cómo se financia. Nadie ha planificado un servicio que todos dan por supuesto.
Es necesario que desde los estamentos que dirigen nuestro país se evalúe esta situación y se dé una respuesta estructurada que permita que este tipo de servicios pueda ser razonablemente accesible a todos los ciudadanos. Es preciso avanzar y desarrollar, probablemente, modelos mixtos que permitan la prestación de estos servicios de urgencias.
Tres atajos que no llevan a ninguna parte
Cuando un problema es profundo, las respuestas rápidas son tentadoras, pero normalmente demagógicas e insuficientes. Algunas de las que ya circulan conviene analizarlas con detalle para evaluar su supuesta eficacia.
1.-La obligación por decreto
Imponer a las clínicas guardias nocturnas sin resolver quién las paga ni quién las cubre solo aceleraría el abandono de profesionales y, probablemente, el cierre de centros pequeños. No se puede exigir por norma lo que el sistema no puede sostener. Esta acción, en mi opinión, sería totalmente ineficiente e insostenible.
2.-La culpa individual
Ni los jóvenes veterinarios son menos vocacionales ni las clínicas que reorganizan su horario abandonan a sus pacientes. Moralizar el debate desvía la atención de las causas estructurales y enfrenta a colectivos que deberían buscar soluciones juntos. No se puede desplazar la carga a los profesionales de la veterinaria argumentando sus principios vocacionales.
3.-La tecnología como remedio universal
La teleorientación y las centrales de triaje son útiles y han llegado para quedarse. Pero una llamada no sonda una uretra ni estabiliza a un perro con una torsión gástrica.
La tecnología ordena el acceso, pero no sustituye la presencia cuando esta es imprescindible. Esta problemática se debe resolver sin alterar la calidad asistencial, la seguridad de nuestros pacientes y los comportamientos éticos hacia nuestros clientes. Los veterinarios no pueden perder el contacto directo con sus pacientes.
Las preguntas que nos debemos
Si, como hemos visto, el problema es global y estructural, la respuesta tiene que empezar por responder a una serie de preguntas honestas. Algunas de estas pueden ser, a mi juicio, las que la profesión española debería poner sobre la mesa.
- ¿Es la urgencia veterinaria un servicio de interés general?
Si la respuesta es sí, y el bienestar animal y la salud pública sugieren que lo es, alguien distinto del veterinario de guardia tendrá que compartir su coste y su planificación.
Recordemos que tenemos un amplio marco normativo que sitúa la protección de los animales de compañía como una obligación (Ley 7/2023).
- ¿Qué cobertura mínima es razonable en cada territorio?
No se trata de un hospital en cada capital, sino de un mapa realista de tiempos de acceso, con centros de referencia, redes de derivación y triaje profesional coordinado. Es necesario aunar todos los recursos, públicos y privados, en el intento de alcanzar una solución.
- ¿Cómo formamos y protegemos a quien atiende la urgencia?
Programas de residencia, supervisión de los más jóvenes, descansos reales y atención a la salud mental no son lujos. Son la condición para que alguien quiera seguir cogiendo el teléfono de madrugada.
- ¿Estamos dispuestos a decirle a la sociedad la verdad?
La atención continua tiene un coste. Explicarlo con transparencia y fomentar fórmulas de aseguramiento y planes de salud forman parte de la solución.
Es necesario disponer de un enfoque real de la situación, explicando la necesidad de que estos profesionales que trabajan en entornos más "penosos" tengan honorarios profesionales adecuados a su situación. Es importante la transparencia en términos económicos.
La noche en Huesca
La noche en Huesca cambió el pasado 1 de octubre. Lo que está en juego no es un horario, sino el modelo sobre el que queremos construir la veterinaria de las próximas décadas.
Podemos seguir parcheando guardias con el esfuerzo de unos pocos o aceptar que ha llegado el momento de diseñar un sistema nuevo. La segunda opción es más difícil pero, a mi juicio, es la única que tiene futuro.


















