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Especialización en veterinaria clínica... del ejercicio generalista a encontrar tu área de pasión

La trayectoria profesional en veterinaria rara vez es lineal. Este artículo reflexiona sobre cómo la experiencia en medicina veterinaria general, el tiempo y la formación continua acaban conduciendo -en muchos casos- hacia una especialización alineada con la vocación. Una mirada honesta sobre evolución profesional, desgaste y motivación en la clínica veterinaria.

La especialización en veterinaria clínica rara vez responde a un camino definido desde el inicio. En la práctica clínica veterinaria, muchos profesionales comienzan sin tener claro hacia dónde evolucionar, mientras afrontan presión asistencial, formación constante y condiciones laborales exigentes.

  • Este relato pone en contexto ese recorrido -con sus dudas, desgaste y aprendizajes- y plantea una pregunta directa: ¿en qué momento el trabajo como veterinaria vuelve a disfrutarse?

Una profesión en transformación

Mucho ha cambiado la profesión desde que me licencié (aunque ya ni siquiera se llama así; ahora es “graduarse”, creo), y no solo en la terminología, sino en la forma de ejercer y de entender la propia profesión. Hace 20 años, las especialidades estaban al alcance de unos pocos, mientras que hoy el contexto es muy distinto, con profesionales diplomados y certificaciones cada vez más presentes en el día a día clínico.

  • Sin embargo, no todos los recorridos han pasado por la misma base clínica, y hay perfiles que han llegado a especializarse sin haber puesto una vía o sin haber limpiado perros ingresados con parvovirus. Todos sabemos a qué me refiero... no hace falta explicarlo mucho más...

Me llamo Vanesa y soy veterinaria por vocación. Actualmente ejerzo mi profesión en un centro de especialidades, donde me encargo del servicio de dermatología, aunque el camino hasta llegar aquí ha sido largo y lleno de etapas muy diferentes entre sí. Mucho ha llovido hasta llegar a este punto.

Primeros años en clínica entre aprendizaje y realidad

Comencé haciendo prácticas en una clínica antes de terminar la carrera, durante los dos últimos años. A día de hoy, sinceramente, la cantidad de papeles que tendría que rellenar me agotaría antes incluso de entrar en la clínica... Antes todo era más sencillo.

Cuando aprobé la última asignatura, a los pocos meses ya tenía trabajo en una clínica los fines de semana (por supuesto, sin contrato, sin seguro y sin nada). Eso fue allá por septiembre de 2005. Para febrero de 2006 ya trabajaba prácticamente de lunes a lunes en distintas clínicas de la isla.

  • Y hacía de todo: recepcionista, señora de la limpieza, auxiliar veterinaria y veterinaria con mis escasos conocimientos. Pasados unos meses, me ofrecieron trabajo en la clínica donde había hecho prácticas antes de terminar la carrera, y allí estuve uno o dos años.

Después de eso, me asocié con una compañera y tuve mi propia clínica generalista durante siete años. Fue en esa etapa cuando empecé a interesarme por la dermatología, principalmente por el microscopio, ya que en aquel entonces era la especialidad que más lo utilizaba.

El descubrimiento de una especialidad

Mientras seguía trabajando como generalista, comencé a hacer cursos y estancias cada vez más específicas, orientadas a la dermatología veterinaria. En 2017 hice mi primer posgrado en dermatología, y ahí empezó todo. Ahí empezó mi "fiebre".

Quería saberlo absolutamente todo sobre dermatología veterinaria. Me apasionó -y me sigue apasionando a día de hoy-.

  • En 2018 comencé otro posgrado, esta vez a nivel europeo, y para mí supuso un salto importante.
  • Siempre he pensado que la formación en el extranjero aporta mucho, no solo por el contenido, sino sobre todo por el contacto con compañeros de otros países, que siempre resulta especialmente enriquecedor.

Por resumirlo, terminé ese posgrado junto con el examen de certificación europea (ojo, no es la diplomatura europea, no tiene nada que ver) tres años más tarde. Y es ahí cuando empiezo, de verdad, a ir a divertirme al trabajo.

Hace años que no practico la medicina general. Ya no hago nada que no me interese. Me dedico exclusivamente a lo que realmente me apasiona dentro de la profesión: la dermatología veterinaria.

El valor de la veterinaria generalista en el camino

Como veis, no ha sido un camino ni rápido ni corto. ¿Podría haberlo hecho de otra forma? Seguramente, pero en ese momento fue la forma que encontré.

  • Con esto lo que quiero transmitir es que, a menos que tengas claro desde el principio cuál es la especialidad que más te gusta -y eso tampoco debería quitarte unos años iniciales en veterinaria generalista, porque esa experiencia es absolutamente necesaria-, te llevará un tiempo averiguarlo.

Mientras tanto, la veterinaria generalista bien hecha aporta muchísimo, y no tienes ni idea de todo lo que suma esa experiencia cuando llega el momento de dar el paso hacia una especialidad.

Desgaste profesional y realidad del sector

Y sí, a lo largo de los años, en muchos momentos se me pasó por la cabeza dejar la profesión. A muchos nos ha pasado, y además suele ir por ciclos. Hay etapas en las que todo pesa más: la carga laboral, los horarios interminables, el poco tiempo libre y, en muchos casos, unas condiciones que no siempre están a la altura del esfuerzo que hacemos.

  • Porque esa es otra realidad de la clínica: muchas horas, mucha responsabilidad y, a menudo, un sueldo que no refleja ni el tiempo ni la implicación que has invertido, ya sea trabajando para otros o en tu propio proyecto. Y eso, con el tiempo, desgasta.

Por suerte, algunas cosas han ido cambiando con los años y el sector ha evolucionado en ciertos aspectos, aunque todavía quedan inercias que cuesta modificar y situaciones que siguen siendo demasiado habituales en el día a día clínico.

Cuando el trabajo vuelve a tener sentido

Pues por fin, después de tanta vuelta, hace ya unos cinco años -y sobre todo en estos últimos tres- voy encantada al trabajo. Voy contenta, con ganas de hacerlo mejor cada día y de seguir formándome en lo que realmente me gusta.

  • Atrás quedó esa etapa de hacer cursos para saber un poco de todo... porque al final, quien mucho abarca, poco aprieta. Ahora la formación tiene sentido, está enfocada y forma parte de un camino mucho más claro.

Y con todo esto, el mensaje final es bastante sencillo: nuestra profesión es lo suficientemente bonita y vocacional como para no conformarnos con estar amargados o en un lugar en el que no queremos estar. No siempre es fácil, ni rápido, ni lineal, pero merece la pena parar, replantearse las cosas y buscar aquello que realmente te motiva dentro de la veterinaria.

Te animo a que encuentres tu pasión y que vayas a por ella, sin prisa pero sin perder el foco. Da igual el tiempo que tardes, porque cuando lo haces, todo empieza a encajar de otra manera.

Porque sí, también es posible llegar a ese punto en el que ir a trabajar deja de ser una carga... y se convierte, de verdad, en algo que disfrutas. Porque tú también puedes ir al trabajo a divertirte.

 

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