En la práctica diaria de muchas clínicas veterinarias, el consentimiento informado se ha convertido en un documento rutinario, asociado casi exclusivamente a la protección legal del centro. Se imprime, se firma y se archiva.
- Sin embargo, cuando se utiliza únicamente como un escudo jurídico, pierde gran parte de su valor clínico y comunicativo.
- El consentimiento informado no debería entenderse como un trámite administrativo previo a una prueba o intervención, sino como una herramienta clave de alineación entre el veterinario y el tutor, integrada plenamente en el acto clínico.
Esta diferencia no es menor. Una parte significativa de los conflictos con clientes (quejas, reclamaciones o pérdida de confianza) no se producen porque no exista un consentimiento firmado, sino porque el tutor, en muchos casos, no comprendió realmente qué se iba a hacer, por qué se hacía, qué riesgos existían o qué alternativas tenía. Y eso es, en esencia, un fallo de comunicación.
Informar no es entregar un papel
El consentimiento informado no consiste en “dar la información”, sino en asegurarse de que el tutor la ha entendido.
- Esto implica un cambio de enfoque: pasar de una lógica documental a una lógica comunicativa.
Presentar riesgos, alternativas y costes de forma comprensible requiere adaptar el lenguaje al interlocutor.
- El uso de tecnicismos, porcentajes abstractos o explicaciones excesivamente rápidas suele generar una falsa sensación de información.
- El tutor asiente, firma… y sale de la consulta con dudas no verbalizadas que reaparecerán más tarde en forma de frustración o desconfianza.
Comunicar riesgos no significa alarmar, sino contextualizar.
- No es lo mismo decir “existe riesgo anestésico” que explicar qué tipo de riesgo, en qué medida, qué factores lo aumentan o lo reducen y cómo se va a monitorizar al paciente.
- Del mismo modo, explicar alternativas no implica ofrecer “todo lo posible”, sino dejar claro qué opciones existen, cuáles son razonables en ese caso concreto y qué consecuencias tiene elegir una u otra.
En cuanto a los costes, uno de los errores más habituales es separarlos del razonamiento clínico.
- Cuando el precio se presenta de forma aislada, sin vincularlo al beneficio diagnóstico o terapéutico, el tutor tiende a percibirlo como arbitrario.
- Integrar el coste dentro de la explicación clínica (qué aporta esa prueba, qué información añade, qué decisiones permite toma) cambia radicalmente la percepción.
Errores frecuentes que invalidan el consentimiento a nivel comunicativo
Un consentimiento puede ser legalmente correcto y, sin embargo, comunicativamente fallido. Algunos errores frecuentes en clínica incluyen:
- Delegar la explicación en el mostrador, cuando el tutor ya está emocionalmente saturado o con prisa
- Presentar el consentimiento como algo obligatorio (“firma aquí para poder hacerlo”), lo que lo convierte en un acto defensivo
- No comprobar la comprensión, asumiendo que el silencio o el asentimiento implican entendimiento
- Ofrecer demasiada información de golpe, sin jerarquizar lo relevante para ese caso concreto
- Evitar hablar de incertidumbre, transmitiendo una seguridad que luego no se sostiene si la evolución no es la esperada.
Estos errores no solo debilitan el consentimiento, sino que erosionan la relación clínica. Cuando surgen complicaciones, el tutor siente que “no le habían explicado eso”, aunque la información estuviera, de forma genérica, en el documento firmado.
El consentimiento empieza en la consulta, no en el papel
Entender el consentimiento informado como parte del acto clínico implica que su núcleo no es el documento, sino la conversación.
- El papel es el cierre formal de un proceso que debería haberse iniciado en la exploración y el razonamiento diagnóstico.
Esto requiere tiempo, pero sobre todo intencionalidad comunicativa.
- Explicar qué se sospecha, qué se sabe y qué no se sabe aún.
- Compartir el razonamiento clínico de forma accesible.
- Dar espacio a preguntas reales, no solo a dudas de última hora.
- Y asumir que el consentimiento no es un momento puntual, sino un proceso que puede revisarse si cambian las circunstancias clínicas.
Cuando el consentimiento se integra así en la práctica diaria, deja de ser un trámite incómodo y se convierte en una herramienta de confianza, que protege al profesional no solo desde el punto de vista legal, sino también -y sobre todo- desde la relación con el tutor.
En un contexto de creciente complejidad clínica, mayor presión asistencial y tutores cada vez más informados (y más exigentes), trabajar el consentimiento informado como una verdadera herramienta de comunicación no es una opción: es una necesidad estratégica para la clínica veterinaria.












