En la gestión de una clínica veterinaria, no decidir también es decidir. Esperar, no tocar lo que aparentemente funciona o posponer cambios importantes suele vivirse como una actitud responsable, coherente e incluso profesional, pero no siempre responde a un análisis racional del riesgo ni a una verdadera prudencia.
- En demasiadas ocasiones, detrás de esa cautela tan habitual en el discurso clínico se esconde un sesgo silencioso pero poderoso, la aversión a la pérdida, un mecanismo psicológico que hace que el miedo a perder estabilidad, control o seguridad pese más que la posibilidad de mejorar, crecer o corregir ineficiencias
Comprender cómo opera este sesgo en la gestión diaria es clave para diferenciar la prudencia real del inmovilismo disfrazado de sensatez.
Cuando la prudencia frena la gestión de la clínica veterinaria
En la gestión de una clínica veterinaria es habitual que muchas decisiones -o, más precisamente, muchas no decisiones- se justifiquen bajo el paraguas de la prudencia.
- Esperar, no tocar lo que aparentemente funciona o posponer cambios importantes suele percibirse como una actitud responsable, coherente y madura.
- Sin embargo, no siempre lo que se presenta como prudencia lo es realmente.
En demasiadas ocasiones, detrás de esa cautela se esconde un sesgo muy concreto que influye de forma silenciosa en la toma de decisiones, la aversión a la pérdida.
Cuando no decidir parece la opción más segura
Existe un concepto ampliamente descrito en el ámbito del comportamiento humano conocido como “aversión a la pérdida”, que hace referencia a la tendencia de dar mucho más peso emocional a lo que podemos perder que a lo que podríamos ganar en una situación equivalente.
- Sin necesidad de entrar en formulaciones teóricas, basta observar cómo este patrón aparece de forma recurrente en la gestión clínica diaria
- El miedo a perder estabilidad, control o seguridad acaba condicionando decisiones que, desde fuera, se presentan como prudentes o conservadoras
La aversión a la pérdida como sesgo habitual en la gestión clínica
En el día a día de una clínica veterinaria, esta aversión a la pérdida se manifiesta de muchas formas y casi siempre con argumentos razonables. Aparece, por ejemplo:
- cuando se evita una inversión por miedo a no amortizarla
- cuando no se delega porque nadie parece capaz de hacerlo “igual de bien”
- cuando se mantienen precios que ya no reflejan la realidad del servicio para no incomodar a los clientes
- o cuando se posponen cambios organizativos porque el sistema actual, aunque imperfecto, resulta conocido
En todos estos casos, el foco no está tanto en el valor que podría generarse como en aquello que se teme perder.
Cómo se manifiesta en el día a día de la clínica veterinaria
Uno de los aspectos más complejos de este sesgo es que suele vivirse internamente como una decisión sensata.
- No se percibe como miedo, sino como responsabilidad
- La experiencia previa, los errores del pasado o la presión del entorno refuerzan esa sensación de estar actuando de forma correcta
Sin embargo, esta manera de gestionar tiene un coste poco visible, pero muy real, el coste de la oportunidad que nunca llega a explorarse.
El autoengaño de la decisión sensata
Cuando las decisiones se posponen de forma sistemática, el impacto no suele ser inmediato ni llamativo. No hay grandes fracasos ni errores evidentes. Lo que aparece es un desgaste progresivo.
Ese desgaste suele expresarse en forma de:
- equipos que se resienten por falta de refuerzos
- líderes que se sobrecargan por no soltar responsabilidades
- clínicas que se estancan mientras el entorno evoluciona
- proyectos que quedan permanentemente en fase de “más adelante”
No decidir también es una forma de decidir, y casi siempre tiene consecuencias.
El coste invisible de posponer decisiones
Conviene diferenciar entre la prudencia real y el miedo bien argumentado. La prudencia auténtica se apoya en la reflexión, en el análisis y en la evaluación consciente de escenarios.
El miedo, en cambio, suele estar más relacionado con experiencias pasadas mal cerradas, con suposiciones no contrastadas o con la necesidad de mantener una sensación de control.
Aunque ambos caminos pueden llevar externamente a la misma decisión, el punto de partida es muy distinto.
Diferenciar prudencia profesional de miedo bien argumentado
Como veterinarios estamos entrenados para minimizar el riesgo en la práctica clínica, y eso es imprescindible cuando trabajamos con pacientes. Sin embargo, trasladar esa misma lógica a la gestión puede convertirse en un freno.
- Dirigir una clínica implica asumir un cierto grado de incertidumbre, aceptar riesgos calculados y comprender que la evolución rara vez ocurre sin incomodidad.
- Innovar, delegar o crecer exige, en muchos casos, renunciar a la falsa seguridad que proporciona lo conocido.
Una herramienta sencilla para detectar este patrón consiste en detenerse ante las decisiones importantes y plantearse una pregunta honesta:
- ¿estoy eligiendo este camino porque es realmente el mejor para el proyecto o porque es el que menos miedo me da perder?
- En ocasiones, solo formularla permite cambiar la perspectiva desde la que se decide.
Reconocer la aversión a la pérdida no significa actuar de forma impulsiva ni asumir riesgos innecesarios. Significa entender desde dónde se toman las decisiones. Y en la gestión clínica, como en tantos otros ámbitos, el mayor riesgo no siempre es equivocarse, sino quedarse inmóvil.













